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“Ciudad del acero”
Por
Ricardo Darío Primo
r.primo@intercom.com.ar
Generalmente,
el 7 de Septiembre se recuerda en todo el país, el día del Trabajador
Metalúrgico, en homenaje a Fray Luís Beltrán, y a quien San Martín por sus
conocimientos de química, matemática y mecánica, designó Jefe del Parque de
Artillería del Ejército de los Andes.
Fue precisamente el que entendió que la riqueza mineral del país podía
prestar servicios valiosísimos a la lucha por nuestra independencia ya que
gracias a ella, podían fabricarse cañones, fusiles, etc, de fundamental
importancia entonces.
Su visión estratégica, fue continuada por el Gral. Manuel Nicolás
Aristóbulo Savio (1892 – 1948) quien manifestó ““O
sacamos hierro de nuestros yacimientos o renunciamos a salir de nuestra
situación exclusiva de país agrícola ganadero, renunciando a alcanzar una mínima
ponderación industrial, con todas las consecuencias que ello implicará en el
futuro de la nación”.
El 26 de Julio de 1946, el entonces Presidente Perón y su ministro Sosa
Molina, rubricaron el proyecto del Gral. Savio sobre el Plan Siderúrgico
Nacional y lo elevaron al Senado. El proyecto se convirtió en ley de la Nación,
el 13 de Junio de 1947, con el número 12.987. Semanas después el 31 de Junio, el
decreto 22.315 crea SOMISA, segunda acería Argentina, cuyo directorio fue
presidido por Savio.

Su prematura muerte, hizo que no alcanzara ver su sueño realizado.
Eran tiempos en que la industrialización por sustitución de
importaciones iba ligada a un proyecto nacional de país. De esa forma la antigua
ciudad de San Nicolás, otrora sede del famoso “Acuerdo de San Nicolás” que hizo
posible el entendimiento necesario entre las provincias argentinas para
posteriormente, sancionar una Constitución Nacional en Santa Fe, paso a
conocerse como “Ciudad del Acero”.
Las migraciones internas que brindaron la enorme mano de obra necesaria
para poner en marcha la principal acería Argentina, transformó totalmente la
tranquilidad de esa ciudad en la mitad de distancia entre Buenos Aires y Santa
Fe.
Perón fue derrocado en 1955, y los militares argentinos no dejaron de
estimar la importancia estratégica de la producción de acero tanto para la
industria bélica como para el desarrollo integral y moderno del país.
La
inauguración oficial se llevó a cabo el 25 de julio de 1960, a cargo del
presidente constitucional de ese momento, Dr. Arturo Frondizi, quién al asumir
su cargo el 1º de Mayo de 1958 había expresado en una parte de su discurso:
“Deberá
imprimirse, también, fuerte impulso a la siderurgia, que es otra garantía de
progreso y soberanía nacional. La puesta en marcha de la planta de San Nicolás,
tendrá prioridad en los programas de ejecución”.
Cumplida esta decisión, durante la inauguración de la planta decía:
“Este día señala un jalón
de gran trascendencia para la vida del país. Hoy comienza en la economía
argentina una nueva etapa en el proceso de transformación estructural que ha de
llevar al pueblo argentino a conquistar el alto nivel de vida que demanda…”
La
planta siderúrgica ubicada en “Punta Argerich”, límite del Partido de Ramallo
con el de San Nicolás, alcanzó a ocupar a cerca de 12.000 obreros más los de las
empresas contratistas que sumaban aproximadamente 4.000.
Luego del Proceso, y recuperada la democracia, comenzó a vislumbrarse,
al vaivén de los acontecimientos mundiales, la intencionalidad manifiesta de la
dirigencia política de poner en marcha un “proceso de reestructuración” primero
que soslayadamente dio paso luego a uno de “privatización”.
Se argumentó su escasa capacidad tecnológica para afrontar el desafío
de la competencia de mercado, su supuesta “excesiva y sobredimensionada cantidad
de mano de obra”, la necesidad imperiosa de inyectar capitales para que la
Sociedad Obrera Mixta Siderúrgica Argentina, estuviera a tono con los nuevos
vientos de la economía mundial.
Al los proyectos de Sourrouille con Alfonsín, le continuó Menem
y a partir de 1989, la empresa es virtualmente rematada por las administraciones
de Hugo Franco, Juan Carlos Cattaneo y Jorge Triacca
finalizando con María Julia Alzogaray
a la que ya todos conocemos por su “brillante” tarea.
Más de 6.000 personas fueron despedidas a través de los mal llamados
“retiros voluntarios”. Se volcó en la ciudad aproximadamente 160 millones de
pesos en indemnizaciones. Unos pocos utilizaron su dinero en micro
emprendimientos para los cuales no estaban capacitados y sin la ayuda oficial
terminaron fracasando. Otros se aventuraron en abrir quioscos y negocios
primarios que fueron a la ruina por la excesiva oferta y competencia a una
sociedad que perdía su principal fuente de ingreso mensual. También estaban los
que decidieron adquirir bienes como autos y casas que luego tuvieron que vender
a precios inferiores.
De constituirse en la ciudad más cara de la Provincia por su elevado
nivel de ingreso, San Nicolás pasó a ser una ciudad con un 17% de desocupados.
Quedan los recuerdos de los accesos a beneficios con solo presentar el recibo de
sueldo de la acería o las líneas de préstamos que se gozaba.
Hoy, locales vacíos decoran la alicaída urbanidad de ese terruño
surcado por cientos de remises manejados por ex somiseros que intentan
sobrevivir con lo poco que les queda por día.
Solo muy pocos pudieron emplearse nuevamente, algunos en empresas
contratistas por un salario mucho menor al anterior y otros en nuevas
actividades del rubro servicios ya que el productivo casi no existe.
Con SOMISA, cayeron decenas de empresas colaterales que estaban
adheridas a su desarrollo y comercialización sumando su espectro desocupacional
al ya existente.
Ya no hay proyecto nacional y si lo hay, cabría preguntarse si es
posible el mismo de la mano de las multinacionales.
SOMISA es ya un recuerdo. Algunos de sus obreros, por sector suelen
reunirse a recordar esos viejos tiempos. La empresa actual SIDERAR intenta por
todos los medios a través de ayudas comunitarias, mejorar su imagen y ganarse la
simpatía aún de aquellos que ya no trabajan más allí.
San Nicolás, de Ciudad del Acuerdo, Ciudad del Acero, ahora es la
“Ciudad de María”, el singular fenómeno religioso que toma auge casi al unísono
con la debacle siderúrgica.

Los miles de peregrinos que llegan alcanzar a ver los edificios de la
ciudad, el centro y las chimeneas de la acería que parece darles la bienvenida.
Sin embargo no es lo mismo. La pobreza envuelve en forma silenciosa la ciudad
que al oscurecer da lugar al ejército de changarines, botelleros y busca vidas
que ven en los tarros de basura, su forma de “campear” la situación.
Suenan como corolario, en un país vacío espiritual y materialmente las
palabras de Savio en 1946
“La del acero es una
industria básica sin cuyo desarrollo no puede considerarse que un país ha
alcanzado su independencia económica. Incluso se comprueba la verdad opuesta:
cuando menor es el desenvolvimiento de esta industria, mayor es la dependencia
que se tiene del extranjero, con las graves consecuencias que de estas
circunstancias se derivan”.
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