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MODERNA
Peste negra. La gran epidemia
Conocemos con el nombre de
Peste Negra, a la gran epidemia que desde 1347 a 1350 azotó a casi todo el
continente europeo. A juzgar por la inflamación de los ganglios linfáticos que
producía, se trató de una epidemia de Peste Bubónica. Para algunos tratadistas
antiguos existieron desde el punto de vista médico otras variantes: La peste
septicémica, que dejaba sentir sus efectos sobre la sangre, y la neumónica, que
producía inflamación pulmonar. Si bien era posible que en algunas ocasiones el
enfermo se recuperase de la primera, las otras resultaban casi siempre mortales. En
muchos sitios el ánimo de penitencia fue llevado al extremo. El movimiento
flagelador creció en popularidad: los hombres, con los torsos desnudos, se
fustigaban con látigos en señal evidente de humildad frente al juicio divino.
Debido a que el movimiento ganó adeptos y como funcionaba al margen de la
iglesia establecida fue desautorizado por el papado. En respuesta a esta
corriente de algunos coetáneos, enfrentados a esta enfermedad impredecible e
indiscriminada, donde los virtuosos no eran más inmunes a la muerte repentina
que los impíos, fue vivir la vida, o lo que quedaba de ella, al límite. El
Decamerón de Boccaccio es una demostración, en forma de serie de historias
contadas por supervivientes exilados de la peste en Florencia, cuyos brillantes
e impúdicos contenidos son un antídoto al miedo a la muerte inminente. Para
aquellos que buscaban una explicación fácil de la expansión de la enfermedad,
los culpables eran los habituales proscritos de la sociedad. En muchas zonas,
los mendigos y pobres fueron acusados de contaminar al pueblo llano. En aquellas
partes de Europa donde los judíos eran tolerados la violencia popular se volvió
contra ellos. En diversas zonas del Sacro Imperio Romano Germánico y algunas
ciudades suizas hubo masacres de judíos, acusados de envenenar los pozos, crimen
que muchos confesaron bajo tortura. En una primera forma
de guerra bacteriológica, ejércitos de apestados
intentaban capturar las fortalezas
enemigas catapultando los cadáveres dentro de la ciudadelas
para infectar a los sitiados.
Todo
induce a pensar que la epidemia provenía de Asia, probablemente de la India, y
que llegó a Europa como consecuencia de los contactos comerciales que las
grandes potencias mercantiles de Italia sostenían con el próximo oriente. Hay
quien afirma que fue la tripulación de un navío genovés, la que habiéndose
contagiado en Kaffa (Crimea), introdujo la enfermedad en el occidente europeo.
Desde Italia, la peste alcanzó en 1348 la Provenza, el Languedoc, La Corone de
Aragón, Castilla, Francia y el centro de Europa. En los años siguientes (1349 –
1350), se extendió por Inglaterra, el norte de Europa y Escandinavia. Sólo
regiones muy concretas pudieron escaparse total o parcialmente a sus
devastadores efectos: Los Países Bajos, el Béarn, Franconia, Bohemia, y Hungría.
El
descenso demográfico fue en algunas zonas realmente terrorífico. En China y en
la India por ejemplo, la peste produjo entre los enfermos que la contrajeron una
mortandad que iba del 60 al 90%, los índices de la pulmonar fueron prácticamente
del 100%, de ahí que los cronistas de la época nos hablen de que desapareció una
cuarta parte, la mitad, o incluso nueve décimas partes de la población.
Hoy por hoy, si bien todos los historiadores aceptan que la peste negra tuvo
consecuencias a todas luces evidentes, no existe, sin embargo, unanimidad en el
momento de señalar su importancia como forjadora de la profunda crisis económica
y social que padeció Occidente a finales de la Edad Media. Es decir, si bien
ciertos autores han creído ver en la peste el acontecimiento que mejor explica
dicha crisis, otros, por el contrario, han reaccionado contra esta teoría que
podríamos calificar de catastrófica.
Sin
embargo estudios recientes ponen de manifiesto que las consecuencias mas
importantes de la gran crisis agraria, (abandono de las granjas, disminución de
las rentas agrarias, caída de los precios agrícolas,) generales en toda Europa
fueron el resultado de la peste. En Alemania, fue la peste la que ocasionó que
en algunos lugares entre 1348 y 1352, el 66% de las explotaciones agrícolas
hubiesen perdido a sus antiguos dueños y que solo el 17% mantuviesen el mismo.
Esta fuera de toda duda que solo la peste de 1348 – 1349 ha podido provocar
tales cambios. Sin embargo, junto a los efectos directos de la epidemia, hay que
valorar los indirectos. El abandono de las explotaciones agrarias afectó
primordialmente a aquellas que se encontraban aisladas o en las montañas. Si
tenemos en cuenta que no es posible acusar a la peste de haber dejado sentir sus
peores zarpazos en regiones apartadas, habrá que admitir que fueron las
migraciones hacia el valle y hacia las tierras mejores, despobladas debido a la
peste, las que provocaron la despoblación de extensas zonas montañosas.
El hecho de que en Rusia, la peste negra hubiese ido precedida de diversas
catástrofes (heladas, graves epidemias, sequías e inundaciones) haría que sus
consecuencias se dejaran sentir con una virulencia excepcional. Se
pensaba entonces que los monjes mendicantes, los peregrinos, los soldados que
regresaban a sus casas eran el vehículo para la introducción de las grandes
epidemias de un país a otro. Esto pudo ser en parte cierto, pero sin duda el
comercio fue más peligroso ya que los barcos llegaban a puerto y descargaban
junto con las mercancías las ratas infectadas procedentes de países donde la
enfermedad era endémica. Este fue sin duda el medio mayor
de difusión.
Un dato al respecto es que desde 1300 hasta 1528, la población de Hungría pasó
de dos millones de habitantes a mas de tres y medio. Ello se debió a que la
peste no fue precedida por el hambre, a que el país no tenía puertos marítimos
(lo que hacia mas difícil el contagio), y a que la población Húngara
perteneciese al tipo de sangre "B" que es mas resistente que el "A".
A mediados de 1348, la peste Negra
amenazó el reino de Castilla, donde, a consecuencia del contagio falleció el
propio monarca Alfonso XI cuando se hallaba sitiando la plaza de Gibraltar.
Para
hacer frente a los efectos devastadores en la economía y el orden social de la
Peste en el reino de Castilla, Pedro I reunió cortes en Valladolid en el año de
1351, una de las consecuencias del retroceso demográfico fue como es natural, el
aumento de los precios y las reivindicaciones saláriales de los campesinos y
menestrales. Ello obligó a la monarquía, en las referidas cortes, a fijar el
precio de los jornales de los trabajadores del campo y los salarios de los
menesterales.
Todo ello provocó la disminución de las rentas señoriales y la petición al
monarca de exenciones tributarias. En un sentido paralelo, la disminución de
ingresos impidió a amplios sectores de la burguesía urbana hacer frente a los
prestamos que debían de integrar a los prestamistas judíos.
En Navarra, el descenso demográfico
provocado por las pestes de 1348 y 1362 fue de 78%. Esta caída vertiginosa se
agravó como consecuencia de los brotes epidémicos que se produjeron también en
1381, 1383, 1384, 1386, 1411, etc. y de las guerras con Castilla en el siglo XV.
En
Portugal, el retroceso demográfico, hizo que los campesinos se dirigiesen en
masa a la ciudad, atraídos por los puestos de trabajo que habían quedado libres,
lo cual provocó en el campo una grave crisis de mano de obra y un total
descalabro demográfico de las zonas rurales. La peste negra marca el fin de la
época agraria, y el comienzo del predominio de la ciudad; por otra parte, toma
un extraordinario incremento el proceso de liberación del trabajador rural.
Las graves consecuencias de la epidemia fueron: despoblamiento, que debilita la
defensa de los territorios de la Corona; defunción de relevantes personalidades
de la vida política; disminución de las rentas públicas; fallecimiento de
notarios, juristas, religiosos, y médicos; es decir hombres que por su profesión
mantenían estrecho contacto con los enfermos; ocupación ilegal de bienes que han
quedado sin propietario; saqueo de fincas deshabitadas; abandono de las labores
del campo y de albergues y tierras sin herederos; casas abandonadas que amenazan
ruina; regulación de salarios; matanza de Judíos, a los que se acusó de haber
provocado las epidemias, y disposiciones legales para protegerlos; acusaciones
por motivos semejantes contra peregrinos; concesiones de dispensas para contraer
nuevas nupcias, existencia de numerosas entidades de población desocupadas;
arriendos de mansos con una notable reducción de censos, concesiones de
privilegios con la finalidad de atraer repobladores, legislación severa para
obligar a concluir los contratos laborales establecidos con anterioridad a la
peste y resistencia señorial al traslado de la población.
La
despoblación fue mucho peor en el campo que en la ciudad, y sobre todo en las
zonas montañosas. El éxodo hacia las grandes ciudades permitió a estas compensar
las enormes pérdidas de población provocadas por una mayor facilidad en el
contagio. Aunque es muy difícil establecer índices convincentes para cifrar la
disminución demográfica, algunos estudios monográficos como el llevado a cabo
para la plana de Vich por Antoni Pladevall, permiten constatar que en algunas
comarcas catalanas la mortandad fue de casi dos tercios de la población.
En síntesis, pues, la peste negra de 1347 – 1351, constituye una de las mayores
catástrofes demográfica que registra la historia de la humanidad. Contribuyó de
manera poderosa a desencadenar o agravar, la crisis económica y social que vivió
Europa desde mediados del siglo XIV hasta fines de la centuria siguiente; y en
algunas zonas como Cataluña configuró la estructura de las sociedades agrarias
que con pocas alteraciones perdurara hasta tiempos muy recientes. Entre
1646 y 1665 la muerte negra amenaza de nuevo. La tragedia se propaga nuevamente
por toda Europa. Esta afección que había tenido su primer brote
en 1347, era ya conocida en todo el mundo como la peste o (muerte) negra,
debido a las manchas pardas y negras que aparecían a consecuencia de las
hemorragias subcutáneas. La medicina de la edad media había fracasado contra
esta enfermedad. En Montpellier, la mayoría de los médicos murieron a causa de
ella. Sin embrago, en los numerosos textos que se publicaban hablando de la
epidemia, se daban también consejos útiles para combatirla. La experiencia con
la plaga desencadenó discusiones acerca de la dispersión de las enfermedades.
Frente a la teoría imperante hasta entonces de que la peste se transmitía por la
descomposición de ciertas sustancias (miasmas) en el aire y en la materia, cada
vez adquiría mayor numero de partidarios la tesis de la transmisión por agentes
patógenos especiales. Las medidas preventivas y terapéuticas, como el empleo de
fuego, el ahumado, la sangría o las dietas, se demostraron ineficaces. Las
ciudades intentaban proteger con medidas de política sanitaria, como las
cuarentenas a los barcos ya no en los puertos, sino mar adentro.
Se
especuló mucho sobre la causa del los brote.
Al principio la peste negra era entendida
como un castigo de Dios por los pecados de la humanidad,
pero con el paso de tiempo se fueron buscando causas más terrenales.
Algunos creían que era responsable la corrupción del aire, con un invisible pero
mortal miasma procedente del suelo y apuntaban que los recientes terremotos
habían liberado vapores insalubres desde las grandes profundidades. Pero las
pestilencias eran comunes en la vida medieval y renacentista y
las viviendas humildes totalmente insalubres.
Los mataderos de los carniceros y las zanjas
de desagüe —que siempre preocupaban a las autoridades—
eran muy impopulares cuando amenazaba la peste. Los cuerpos en descomposición de
las víctimas así como sus pertenencias y vestimentas eran temidos en especial.
En las áreas urbanas pudientes, los magistrados desarrollaron formas de
enfrentarse con la enfermedad, a pesar de la falta de conocimiento sobre sus
verdaderas causas. Al igual que las normas para mejorar la higiene y el
saneamiento, se ordenaron restricciones del movimiento de la gente y de las
mercancías, el aislamiento de los infectados, o su retirada a hospitales
periféricos (casas de apestados),
enterramientos comunes (foso de pestosos) de las víctimas
en cementerios extramuros sobrecargados y la quema de sus vestimentas. Como se
creía que el aire infectado era nocivo, se utilizaban remedios populares como
ramilletes de aromas dulces y la quema de especias e inciensos en los
interiores. Ya avanzada la edad moderna, tras la
introducción de las hierbas procedentes de las indias exóticas del Nuevo Mundo,
se pensó que el consumo de tabaco era efectivo.
Los médicos que afrontaban
las epidemias de peste adoptaron en esta época vestidos especiales para
protegerse del contagio. Llevaban ropas largas y se
cubrían completamente la cabeza. En la nariz se colocaban una especia de pico de
ave rellena de algodones empapados en substancias aromáticas
para evitar el supuesto contagio por inhalación.
En España el
nuevo brote comenzó en los puertos de Andalucía, atacó gravemente a
Valencia ocasionando cerca de 30.000 muertos, por lo que el Conde de Oropesa
mandó formar "un cordón impenetrable". En Barcelona se instalaron horcas en las
mismas puertas. Y en Sevilla murieron más de 200.000 personas, quedando
prácticamente despoblada.
En 1665, en Londres, se
produce la ultima epidemia devastadora. La epidemia llega a Mesina con las
ratas, que son las transmisoras de la peste. En pocos días enferman los
habitantes de la ciudad y de sus alrededores. A los seis meses, la mitad de la
población ha muerto o ha huido para escapar del temible azote
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