ATENEOHYV

UN SITIO DE RICARDO DARÍO PRIMO AL SERVICIO DE LA HISTORIA Y LA VERDAD

Institucional

Inicio
Autoridades
¿Quiénes somos?
Visítanos
Actividades del Ateneo
Boletines informativos
Mapa del sitio
 

Historia

Prehistoria
Antigua y Medieval
Moderna
Contemporánea
Regional
Biografías locales
 

Servicios

Enlaces
Eventos/Congresos
Comentarios
Editoriales
Efemérides
Ejercicios
Galería de Imágenes
Librihistoria

 


“El Villazo”

 Por el Prof. Ernesto Jorge Rodriguez
[1]

 

En los trabajadores de Villa Constitución y, en particular, para los de Acindar, la huelga de 1970 quedó registrada en su imaginario social como una derrota de los metalúrgicos. Los obreros percibieron la solución del conflicto como una traición de sus dirigentes. Esta sistematización de la experiencia se debe a que mientras los obreros llevaron adelante una heroica e inquebrantable huelga por la reincorporación de los delegados cesantes, estos negociaron su renuncia a espaldas de los trabajadores, percibiendo a cambio una indemnización muy superior a la que les correspondía. Por esto, los obreros sintieron que ellos realizaban los esfuerzos, corrían los riesgos de despido, veían disminuir sus salarios y sus dirigentes se enriquecían usufructuando con sus sacrificios.

Las consecuencias de este conflicto para la praxis política del movimiento obrero local fueron devastadoras. Provocó la desmovilización de los trabajadores, la apatía y desconfianza hacia el sindicalismo y sus dirigentes. También quebró la unidad, la asociación y la solidaridad de los trabajadores, generando salidas individualistas. Asimismo, provocó que en los obreros prevalecieran sensaciones de frustración, decepción, desánimo y escepticismo con respecto a las luchas obreras, al sindicalismo y, especialmente, a los dirigentes sindicales, cuya imagen se vio muy deteriorada por los rumores sobre su deshonestidad y su traición. No sorprende entonces que otra consecuencia de esta huelga haya sido la desmovilización generalizada y la deserción de algunos de los mejores y más representativos militantes.

Pero no terminan allí las consecuencias negativas de la derrota de la huelga del ´70. Las empresas suelen explotar en su beneficio los conflictos sindicales o los generan cuando en un contexto económico desfavorable, por ejemplo, de saturación de stocks o de descenso de la demanda, requieren interrumpir o disminuir la producción. De este modo, evitan las erogaciones saláriales y, además, los pueden utilizar desprenderse del personal “indeseable”. Por esto último, Victorio Paulón caracterizó a esta huelga contra la empresa y la burocracia como “uno de los tradicionales conflictos que generaba Acindar para limpiar comisiones internas y delegados combativos, faltadores, enfermos, etc..”[2]

Solucionado el conflicto, el secretario general Ricardo Gómez renunció y la seccional fue intervenida. Por esto, el conflicto también puede interpretarse como una táctica de la burocracia nacional de la UOM con el objeto de no convocar a elecciones e intervenir nuevamente esta importante seccional con el objeto de privar a los afiliados locales de reivindicaciones tales como un sanatorio, ambulancias, camping y evitar los históricos reclamos por la centralización de los fondos sindicales y por los descuentos de leyes sociales que nunca eran reinvertidos de acuerdo a los aportes que los afiliados locales realizaban.

La derrota de la huelga también condujo a un aumento de la prepotencia de los directivos de la fábrica Acindar, a la pérdida de conquistas de los obreros, al aumento de la explotación y de la opresión y a la persecución de todo intento de organización sindical independiente, combativa o clasista. Es por esto que la reorganización del movimiento obrero de Villa Constitución debió tener, en un principio, un carácter secreto y clandestino. Pero como toda lucha, la huelga de 1970 dejará por la propia dinámica que encierra el enfrentamiento social nuevas enseñanzas que permitirán ir reconstruyendo y superando los niveles organizativos, los métodos de lucha y el crecimiento cualitativo de la conciencia de clase.

Durante el desarrollo de la huelga comenzó a organizarse un grupo secreto y clandestino impulsado por Orlando Sacristani, militante de Vanguardia Comunista y miembro de la Comisión Interna renunciante. Así surgió el Grupo de Obreros de Acindar (GODA) y el papel que desarrolló fue fundamentalmente de denuncia de los atropellos de la patronal. La experiencia recogida de la huelga de 1970 permitió al GODA advertir que dadas las condiciones objetivas y las relaciones de fuerza desfavorables sus actividades debían ser clandestinas y secretas. Después, el GODA se planteó la necesidad de un crecimiento cuantitativo y trasladar su experiencia a las otras empresas. Con este propósito, hacia el año 1972, se formó el Grupo de Obreros Combativos del Acero (GOCA) coincidiendo con el ingreso a la fábrica de una gran cantidad de obreros jóvenes que no habían sufrido la derrota de la huelga del 70”[3]. Posteriormente, como herramienta para la recuperación de la seccional se creó el Movimiento de Renovación Sindical (MRS), cumpliendo satisfactoriamente su primer objetivo: ganar la elección de delegados de Acindar. Cuando el interventor Trejo convocó a la Junta de delegados para elegir la Comisión Interna de Acindar, este grupo de activistas tenía ya todo previsto para asegurar el triunfo de cinco de sus integrantes. Ganada la Comisión interna, se inició un proceso acelerado de luchas reivindicativas elevándose temarios en casi todas las secciones. Mediante la aplicación de medidas de fuerza -quite de colaboración, trabajo a reglamento- se obtuvieron una serie de reivindicaciones: calorías, trabajo peligroso, categorías, terminar con la prepotencia de los jefes y encargados y lograr que los obreros fueran respetados. Debido a estos logros, el MRS y la CI alcanzaron una gran representatividad dentro de Acindar. Este ejemplo trascendió y así fueron sumándose al MRS obreros de otras fábricas.

Con posterioridad a la dimisión de Roberto Nartallo, la experiencia democrática en la seccional local de la UOM había sido excepcional, predominando las intervenciones y las autoridades designadas por la burocracia. Esto coadyuvó, por un lado, a la subestimación de las prácticas democráticas y del Estado de derecho y a cierta tolerancia de las prácticas violentas. Por otro lado, las intervenciones provocaron entre los metalúrgicos villenses un profundo malestar, que finalmente derivó en un definido enfrentamiento con la burocracia nacional de la UOM liderada por Lorenzo Miguel. Este enfrentamiento tenía dos vertientes. Por un lado, los afiliados de la UOM local inferían que el secretariado Nacional de la UOM intervenía la seccional local para privarlos de los servicios más elementales. Los metalúrgicos de Villa consideraban que la burocracia hacía un uso discrecional de los fondos recaudados en la seccional y que el presupuesto que giraba el secretariado nacional no era proporcional al importante aporte realizado por los afiliados locales. El servicio de salud que brindaba la seccional local era deplorable. Por eso, los casos de enfermedades complejas, de gravedad o urgencias, debían ser trasladados a Rosario o la Capital. En esas ocasiones, los afiliados de Villa advertían que la burocracia derivaba cuantiosos fondos a las seccionales  mencionadas que gozaban de óptimos servicios de salud y recreación mientras que en Villa carecían hasta de lo indispensable. Por otro, las intervenciones eran vistas como parte del proceso de centralización y concentración del poder en Buenos Aires. Por ello, desde los incipientes gérmenes de reorganización a partir del GODA los objetivos de los metalúrgicos de Villa Constitución era la recuperación y normalización del sindicato, su democratización y la elección de las autoridades locales por sus afiliados. Tampoco resulta sorprendente que otras de las reivindicaciones solicitadas fueran la construcción de un policlínico en Villa Constitución y que los interventores dieran explicaciones sobre el destino de los descuentos por cuota sindical y de los aportes por obra social.

El MRS había abandonado en gran parte el accionar secreto y clandestino que caracterizó al GODA y al GOCA. Pero los obreros que se oponían a la intervención advertían que era necesario profundizar aún más la transparencia de sus actividades para alcanzar la trascendencia, notoriedad pública  y presencia política que requiere la participación en las elecciones: surge así la “Agrupación 7 de septiembre lista Marrón”. Pero la burocracia, temerosa de perder una seccional tan importante, intentó excluir a la seccional Villa Constitución del proceso tendiente a normalizar las seccionales “porque no existían condiciones debido a que el gremio se encontraba dividido y no se podía sacar una lista única”[4]. Mientras tanto, Lorenzo Miguel “sancionaba” al interventor Trejo por “negligencia” y designaba como delegados normalizadores a Lorenzo Osvaldo Oddone y a Jorge Ramón Fernández.

Los hechos que se conocen bajo el nombre del “Villazo” se extendieron desde el 7 hasta el 16 de marzo de 1974. Así narra Alberto Piccinini el inicio del conflícto: “El 7 de marzo, los interventores, acompañados por los obreros de apellido Ranure y Carreras, visitaron la fábrica con el objeto de desprestigiar a la Comisión Interna. Sección por sección iban diciéndoles a los obreros: “Muchachos, hay que sacar la CI porque es comunista y hay que poner una CI peronista”. Cuando tomamos conocimiento de esos hechos, reunimos a todos los delegados que estaban en el turno y esperamos a los interventores al lado del Chapero porque los tipos habían dejado el auto cerca de la oficina de Personal. Cuando llegaron, comenzamos a increparlos, les pegamos una apretada regular, alguno los empujó, otro les gritó, otro los putió. Al final terminaron prometiendo que llamaban a elecciones, que todo, que iban a comprar una ambulancia, todo. Los tipos se quedaron con la sangre en el ojo y al otro día nos mandan un telegrama de expulsión del gremio a toda la CI y a los delegados que habían estado presentes. Entonces, más o menos una hora antes de las 14, nos llama Aznarez a la oficina de Personal y nos dice: “Señores, he recibido comunicación de la UOM que a partir de este momento ustedes dejan de ser CI”. Para nosotros fue un golpe muy grande porque en esa etapa peronista la burocracia tenía un gran poderío. Entonces intentamos acordar algo, negociar con la empresa. Yo me acuerdo que le dije a Aznarez: “Mire señor que se pueden suscitar problemas graves y la empresa va a estar metida en el medio”. La fábrica se negó a continuar reconociéndonos como CI. Nos intentaron liquidar. Entonces nosotros, como se acercaba el turno de las 14, dijimos: “muchachos, acá no hay vuelta de hoja o peleamos con la gente o nos vamos”. Entonces salimos, éramos 3 o 4 de la CI, empezamos a parar a los delegados y les ordenamos que hicieran un piquete, que prohibieran la salida de todos los obreros. No era una tarea tan fácil, implicaba mucha responsabilidad, mucho miedo. Si bien la gente nos apoyaba, teníamos consenso, estaba fresco lo del conflicto del 70, donde había quedado una imagen de la dirigencia sindical no muy buena. Pero también sabíamos que si nosotros no peleamos nos echaban. Esperamos que vivieran la gente de Indape e hicimos una asamblea con los obreros del turno mañana y tarde en donde describimos todo lo que pasó y además les explicamos que la gente de Buenos Aires en definitiva vive llevándose los aportes nuestros, que no tenemos obra social, que esto pasa porque no tenemos CD, nos mandan interventores, se llevan la plata, no nos defienden , todo un discurso con bastante consenso en la gente. Entonces les dijimos: “compañeros, nosotros tenemos dos opciones: una, agarrar e irnos y, la otra, pelear. Pero si optamos por pelear tiene que haber plena conciencia, nosotros no queremos que después de un tiempo se cansen y digan, tal como hicieron con posterioridad a las huelgas del 69/70, ¿Por qué nos llevaron al conflicto? Tiene existir un convencimiento tal que a la lucha la banquemos venga lo que venga”. Entonces acá tenemos que decidir entre nosotros si vamos a pelear o si aceptamos mansamente. Por ahí saltó un tipo que era de la burocracia y dijo: “pero bueno, yo creo que si ellos son los que mandan ustedes se tienen que ir”. Y fueron segundos los que pasaron, pero yo sentía que el mundo se venía abajo, o sea, ese tipo planteaba que nos fuéramos. Pero fueron unos segundos que a mi me parecieron minutos. Pero después hubo una explosión de griterío y la gente comenzó a maldecir al tipo. Los obreros gritaban: “Vamos a pelear  y vamos a pelear, y vamos a pelear, y vamos a pelear”, una efervescencia impresionante. Entonces salió una cosa que a nosotros nos tonificó cualquier cantidad. Ahí yo empiezo a ser dirigente, empiezo a hablar, yo antes tenía vergüenza para hablar, empiezo a hablar ante los compañeros, que se yo, 1000 mil y pico de compañeros, y ya empiezo a hablar y empezamos hablando una vez cada uno de los compañeros, nos turnábamos para hablar y después un poco me toca cumplir ahí de como cabeza de ese movimiento”. [5]

El 8 de marzo comenzó la toma de la fábrica Acindar, en donde más de 2500 obreros demandaban el levantamiento de la sanción a los miembros de la CI y delegados, así como la inmediata convocatoria a elecciones. Al día siguiente fue ocupada Maratón, mientras que los obreros de Metcon realizaban una huelga de brazos caídos. En Acindar, los portones fueron cerrados y controlados por piquetes de obreros. El personal jerárquico no pudo abandonar la fábrica y se lo retuvo en las oficinas de relaciones industriales. Ante la posibilidad de una intervención policial, en las calles internas se hicieron barricadas para que no circularan vehículos, se utilizaron vagones para cruzarlos donde la distribución de las vías lo permitían y se construyeron barricadas con tanques conteniendo solventes preparados para prenderlos fuego en caso de ser necesario.

La huelga se extendió rápidamente a las ciudades vecinas, se adhirieron las fábricas Villber y Cilsa, los portuarios, los transportistas, los aceiteros, la Asociación del Magisterio de la provincia de Santa Fe, la Asociación Bancaria y el Centro Comercial e Industrial; llegando adhesiones de organizaciones y sindicatos de todo el país.

Comienza así a configurarse un frente de masas que ligaba a los obreros metalúrgicos con la pequeña burguesía de la zona. Este frente obedecía tanto a motivaciones de tipo corporativista (reacción de la ciudad frente al centralismo sindical y a la centralización de los fondos sindicales en Buenos Aires. También por la necesidad de construir un policlínico, de contar con un camping, etc.), como económicas e ideológicas: la pequeña burguesía comercial de los barrios (mayoritariamente peronistas y ex-obreros u obreros que incrementaban sus ingresos con un comercio minorista) apoyó la lucha de los metalúrgicos porque su prosperidad dependía de la situación de los obreros que eran sus clientes. Esta pequeña burguesía mantenía estrechos lazos con el movimiento obrero o formaba parte de él. En cambio, la pequeña burguesía comercial de la zona céntrica se solidarizó con la lucha de los metalúrgicos por su manifiesto antiperonismo, independientemente de que consideraran justos los reclamos de los obreros[6].

La huelga culminó el 16 de marzo con la firma de un acta compromiso en la que se dispuso normalizar la seccional en 120 días y la elección de CI y de delegados dentro de los 45 días posteriores al acuerdo. Posteriormente se organizó una marcha desde las fábricas hasta la plaza principal de la que participaron entre 8.000 y 12.000 personas.

Las tomas de fábrica de marzo de 1974 produjeron una acumulación cuantitativa y un salto cualitativo en la toma de conciencia de los metalúrgicos de Villa Constitución. La alianza burocracia-patronal evaluó incorrectamente la relación de fuerzas existentes, subestimando la combatividad, la toma de conciencia de clase de los metalúrgicos de Villa Constitución. La respuesta inmediata de los trabajadores no fue solamente un eslabón más de la larga cadena de las luchas económicas emprendidas por los obreros, no fue producto de la espontaneidad sino que demostró que las experiencias y enseñanzas recogidas desde el fracaso de la huelga de 1970 fueron asimiladas por los trabajadores y que este proceso se enriqueció con el aporte de las distintas tendencias políticas de izquierda que ejercieron relativa influencia sobre un minoritario pero importante sector del conjunto de los trabajadores villenses, constituyendo un embrión de lucha política. Además, este proceso no estaba aislado ni era una isla sino que se insertaba en un marco nacional de auge de masas, en particular, con posterioridad al Cordobazo, los Rosariazos y las Puebladas. Los fenómenos sociales y la praxis política desarrollada a partir del 7 de marzo pusieron de manifiesto que los trabajadores visualizaban correctamente la coyuntura y que el enfrentamiento no se limitaba a una reacción instintiva frente a las maniobras y las provocaciones de los interventores Fernández y Oddone. Tampoco ignoraban que éstos no eran ni el único ni el principal enemigo y que detrás de ellos estaban los intereses del gran capital, representado por Acindar y el sindicalismo verticalista representado por la UOM nacional. Esta no estaba dispuesta a permitir “insubordinaciones que fisuraban su poder y el propio aparato represivo para encauzar el conflicto social en función del reordenamiento del sistema capitalista, dentro de la sociedad armonizada”.

La praxis política-gremial iniciada a partir del 7 de marzo se caracterizó por:

1- Asambleas generales y permanentes; 2- Toma de fábrica, retención y concentración del personal jerárquico en el subsuelo de la oficina de personal; 3- Formación de piquetes de autodefensa, así como grupos de control de entrada y salida de la fábrica, con responsable por piquete y por turnos; 4- Construcción de barricadas internas, con vagones ferroviarios, tarimas, etc. que cortaban una tras otra las calles internas de la fabrica; 5- Ubicación de tambores con solvente en lugares específicos, con compañeros responsables en forma exclusiva de los mismos; 6- Control del sistema eléctrico de la planta y responsable de los mismos; 7- Control de sirena, con responsable exclusivo y manejo de códigos de toque para llamado a asamblea por los trabajadores; 8- Prohibición a todos los obreros de tomar bebidas alcohólicas; 9- Formación de una comisión de compañeros encargada de contactarse con otros gremios y demás fuerzas sociales y políticas de la ciudad y de la zona; 10- Formación de una comisión de obreros con permanencia externa a la fábrica (local de la marrón) que garantizaba y tomaba contacto con otras zonas del país, para informar y recibir apoyo solidario; 11- Formación de piquetes externos de obreros movilizados para recorrer y chequear la seguridad de las viviendas de los principales dirigentes; 12- Formación de la comisión de solidaridad y apoyo conformado por un gran número de trabajadores.[7]

Con el correr de los días y a medida que se profundizaba el conflicto, las medidas adoptadas demostraron una gran eficacia que las convirtieron en determinantes para la resolución favorable del conflicto, obteniendo de este modo resultados que superaron ampliamente las previsiones tanto de los trabajadores como de la alianza burocracia-patronal-Estado, dejando profundas enseñanzas y permitiendo un acelerado crecimiento en la toma de conciencia colectiva, no solo de los metalúrgicos sino también del resto de los trabajadores y del conjunto de los sectores populares de Villa Constitución y de la zona.

Las promesas de la burocracia con respecto a la normalización no se cumplieron oportunamente, apelaron a las consabidas medidas dilatorias. Pero los obreros metalúrgicos continuaron con su lucha irrenunciable, recibieron el apoyo de los gremios combativos y clasistas del país en lucha contra la burocracia y también, el inefable aporte de las tendencias político militares. Así, en el tiempo que medió entre el Villazo y las elecciones de noviembre se produjeron planes de lucha de los trabajadores –quite de colaboración-; el plenario antiburocrático del 20 de abril de 1974 realizado en el club Riberas del Paraná, contando con la presencia de Agustín Tosco, Rene Salamanca y Jorge Di Pascuale y el secuestro de Erich Breuss, gerente de Acindar, operación realizada por el PRT-ERP, por cuyo rescate se solicitaba las reivindicaciones que demandaban los obreros. Como confluencia de todos estos factores y sin intentar dilucidar cual fue el determinante y si alguno de ellos actuó como catalizador que retardó o aceleró el proceso que condujo a las elecciones; el 1 de diciembre de 1974, los integrantes de la lista Marrón asumían, por poco más de tres meses, la conducción de la seccional local de la UOM.


[1] Instituto Superior del Profesorado Nº 3 “Eduardo Lafferriere”.
[2] Entrevista con Victorio Paulón, Villa Constitución, 22 de noviembre de l995.
[3] Entrevista con Juan Actis, Villa Constitución, 23 de agosto de 1994.
[4] Extraído del informe del Comité de Lucha de marzo de l974 reproducido en Winter, Jorge. "La lucha por la democracia sindical en la UOM de Villa Constitución". Hechos y protagonistas de las luchas obreras argentinas, Año 2, Nº 7, Bs As, De. Experiencia, marzo de l985.
[5] Entrevista con Alberto Piccinini, Villa Constitución
[6] Véase López, María Eva y Novillo, Marcela. "La configuración de un frente de masas en marzo de l974". Instituto Superior del Profesorado Nº 3, Seminario de Integración y Síntesis, Villa Constitución, mimeo, l996. pag. 19-22.
[7] Para más detalles, véase Actis, Juan. Las luchas de los obreros metalúrgicos y del pueblo de Villa Constitución. 1970-1975. Villa Constitución, Instituto Superior del Profesorado Nº 3 “Eduardo Lafferriere”, mimeo, 1992.