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“El Villazo”
Por el Prof. Ernesto Jorge Rodriguez
En
los trabajadores de Villa Constitución y, en particular, para los de Acindar, la
huelga de 1970 quedó registrada en su imaginario social como una derrota de los
metalúrgicos. Los obreros percibieron la solución del conflicto como una
traición de sus dirigentes. Esta sistematización de la experiencia se debe a que
mientras los obreros llevaron adelante una heroica e inquebrantable huelga por
la reincorporación de los delegados cesantes, estos negociaron su renuncia a
espaldas de los trabajadores, percibiendo a cambio una indemnización muy
superior a la que les correspondía. Por esto, los obreros sintieron que ellos
realizaban los esfuerzos, corrían los riesgos de despido, veían disminuir sus
salarios y sus dirigentes se enriquecían usufructuando con sus sacrificios.
Las consecuencias de este
conflicto para la praxis política del movimiento obrero local fueron
devastadoras. Provocó la desmovilización de los trabajadores, la apatía y
desconfianza hacia el sindicalismo y sus dirigentes. También quebró la unidad,
la asociación y la solidaridad de los trabajadores, generando salidas
individualistas. Asimismo, provocó que en los obreros prevalecieran sensaciones
de frustración, decepción, desánimo y escepticismo con respecto a las luchas
obreras, al sindicalismo y, especialmente, a los dirigentes sindicales, cuya
imagen se vio muy deteriorada por los rumores sobre su deshonestidad y su
traición. No sorprende entonces que otra consecuencia de esta huelga haya sido
la desmovilización generalizada y la deserción de algunos de los mejores y más
representativos militantes.
Pero no terminan allí las
consecuencias negativas de la derrota de la huelga del ´70. Las empresas suelen
explotar en su beneficio los conflictos sindicales o los generan cuando en un
contexto económico desfavorable, por ejemplo, de saturación de stocks o de
descenso de la demanda, requieren interrumpir o disminuir la producción. De este
modo, evitan las erogaciones saláriales y, además, los pueden utilizar
desprenderse del personal “indeseable”. Por esto último, Victorio Paulón
caracterizó a esta huelga contra la empresa y la burocracia como “uno de los
tradicionales conflictos que generaba Acindar para limpiar comisiones internas y
delegados combativos, faltadores, enfermos, etc..”
Solucionado el conflicto, el secretario general Ricardo Gómez renunció y la
seccional fue intervenida. Por esto, el conflicto también puede interpretarse
como una táctica de la burocracia nacional de la UOM con el objeto de no
convocar a elecciones e intervenir nuevamente esta importante seccional con el
objeto de privar a los afiliados locales de reivindicaciones tales como un
sanatorio, ambulancias, camping y evitar los históricos reclamos por la
centralización de los fondos sindicales y por los descuentos de leyes sociales
que nunca eran reinvertidos de acuerdo a los aportes que los afiliados locales
realizaban.
La
derrota de la huelga también condujo a un aumento de la prepotencia de los
directivos de la fábrica Acindar, a la pérdida de conquistas de los obreros, al
aumento de la explotación y de la opresión y a la persecución de todo intento de
organización sindical independiente, combativa o clasista. Es por esto que la
reorganización del movimiento obrero de Villa Constitución debió tener, en un
principio, un carácter secreto y clandestino. Pero como toda lucha, la huelga de
1970 dejará por la propia dinámica que encierra el enfrentamiento social nuevas
enseñanzas que permitirán ir reconstruyendo y superando los niveles
organizativos, los métodos de lucha y el crecimiento cualitativo de la
conciencia de clase.
Durante el desarrollo de la
huelga comenzó a organizarse un grupo secreto y clandestino impulsado por
Orlando Sacristani, militante de Vanguardia Comunista y miembro de la Comisión
Interna renunciante. Así surgió el Grupo de Obreros de Acindar (GODA) y el papel
que desarrolló fue fundamentalmente de denuncia de los atropellos de la
patronal. La experiencia recogida de la huelga de 1970 permitió al GODA advertir
que dadas las condiciones objetivas y las relaciones de fuerza desfavorables sus
actividades debían ser clandestinas y secretas. Después, el GODA se planteó la
necesidad de un crecimiento cuantitativo y trasladar su experiencia a las otras
empresas. Con este propósito, hacia el año 1972, se formó el Grupo de Obreros
Combativos del Acero (GOCA) coincidiendo con el ingreso a la fábrica de una gran
cantidad de obreros jóvenes que no habían sufrido la derrota de la huelga del
70”.
Posteriormente, como herramienta para la recuperación de la seccional se creó el
Movimiento de Renovación Sindical (MRS), cumpliendo satisfactoriamente su primer
objetivo: ganar la elección de delegados de Acindar. Cuando el interventor Trejo
convocó a la Junta de delegados para elegir la Comisión Interna de Acindar, este
grupo de activistas tenía ya todo previsto para asegurar el triunfo de cinco de
sus integrantes. Ganada la Comisión interna, se inició un proceso acelerado de
luchas reivindicativas elevándose temarios en casi todas las secciones. Mediante
la aplicación de medidas de fuerza -quite de colaboración, trabajo a reglamento-
se obtuvieron una serie de reivindicaciones: calorías, trabajo peligroso,
categorías, terminar con la prepotencia de los jefes y encargados y lograr que
los obreros fueran respetados. Debido a estos logros, el MRS y la CI alcanzaron
una gran representatividad dentro de Acindar. Este ejemplo trascendió y así
fueron sumándose al MRS obreros de otras fábricas.
Con posterioridad a la dimisión de Roberto Nartallo, la
experiencia democrática en la seccional local de la UOM había sido excepcional,
predominando las intervenciones y las autoridades designadas por la burocracia.
Esto coadyuvó, por un lado, a la subestimación de las prácticas democráticas y
del Estado de derecho y a cierta tolerancia de las prácticas violentas. Por otro
lado, las intervenciones provocaron entre los metalúrgicos villenses un profundo
malestar, que finalmente derivó en un definido enfrentamiento con la burocracia
nacional de la UOM liderada por Lorenzo Miguel. Este enfrentamiento tenía dos
vertientes. Por un lado, los afiliados de la UOM local inferían que el
secretariado Nacional de la UOM intervenía la seccional local para privarlos de
los servicios más elementales. Los metalúrgicos de Villa consideraban que la
burocracia hacía un uso discrecional de los fondos recaudados en la seccional y
que el presupuesto que giraba el secretariado nacional no era proporcional al
importante aporte realizado por los afiliados locales. El servicio de salud que
brindaba la seccional local era deplorable. Por eso, los casos de enfermedades
complejas, de gravedad o urgencias, debían ser trasladados a Rosario o la
Capital. En esas ocasiones, los afiliados de Villa advertían que la burocracia
derivaba cuantiosos fondos a las seccionales mencionadas que gozaban de óptimos
servicios de salud y recreación mientras que en Villa carecían hasta de lo
indispensable. Por otro, las intervenciones eran vistas como parte del proceso
de centralización y concentración del poder en Buenos Aires. Por ello, desde los
incipientes gérmenes de reorganización a partir del GODA los objetivos de los
metalúrgicos de Villa Constitución era la recuperación y normalización del
sindicato, su democratización y la elección de las autoridades locales por sus
afiliados. Tampoco resulta sorprendente que otras de las reivindicaciones
solicitadas fueran la construcción de un policlínico en Villa Constitución y que
los interventores dieran explicaciones sobre el destino de los descuentos por
cuota sindical y de los aportes por obra social.
El MRS había abandonado en gran
parte el accionar secreto y clandestino que caracterizó al GODA y al GOCA. Pero
los obreros que se oponían a la intervención advertían que era necesario
profundizar aún más la transparencia de sus actividades para alcanzar la
trascendencia, notoriedad pública y presencia política que requiere la
participación en las elecciones: surge así la “Agrupación 7 de septiembre lista
Marrón”. Pero la burocracia, temerosa de perder una seccional tan importante,
intentó excluir a la seccional Villa Constitución del proceso tendiente a
normalizar las seccionales “porque no existían condiciones debido a que el
gremio se encontraba dividido y no se podía sacar una lista única”.
Mientras tanto, Lorenzo Miguel “sancionaba” al interventor Trejo por
“negligencia” y designaba como delegados normalizadores a Lorenzo Osvaldo Oddone
y a Jorge Ramón Fernández.
Los hechos que se
conocen bajo el nombre
del “Villazo” se extendieron
desde el 7 hasta el 16 de marzo de 1974. Así narra Alberto Piccinini el inicio
del conflícto:
“El 7 de marzo, los
interventores, acompañados por los obreros de apellido Ranure y Carreras,
visitaron la fábrica con el objeto de
desprestigiar a la Comisión Interna. Sección por sección iban diciéndoles a los
obreros: “Muchachos, hay que sacar la CI porque es comunista y hay que poner una
CI peronista”. Cuando tomamos conocimiento de esos hechos, reunimos a todos los
delegados que estaban en el turno y esperamos a los interventores al lado del
Chapero porque los tipos habían dejado el auto cerca de la oficina de Personal.
Cuando llegaron, comenzamos a increparlos, les pegamos una apretada regular,
alguno los empujó, otro les gritó, otro los putió. Al final terminaron
prometiendo que llamaban a elecciones, que todo, que iban a comprar una
ambulancia, todo. Los tipos se quedaron con la sangre en el ojo y al otro día
nos mandan un telegrama de expulsión del gremio a toda la CI y a los delegados
que habían estado presentes. Entonces, más o menos una hora antes de las 14, nos
llama Aznarez a la oficina de Personal y nos dice: “Señores, he recibido
comunicación de la UOM que a partir de este momento ustedes dejan de ser CI”.
Para nosotros fue un golpe muy grande porque en esa etapa peronista la
burocracia tenía un gran poderío. Entonces intentamos acordar algo, negociar con
la empresa. Yo me acuerdo que le dije a Aznarez: “Mire señor que se pueden
suscitar problemas graves y la empresa va a estar metida en el medio”. La
fábrica se negó a continuar reconociéndonos como CI. Nos intentaron liquidar.
Entonces nosotros, como se acercaba el turno de las 14, dijimos: “muchachos, acá
no hay vuelta de hoja o peleamos con la gente o nos vamos”. Entonces salimos,
éramos 3 o 4 de la CI, empezamos a parar a los delegados y les ordenamos que
hicieran un piquete, que prohibieran la salida de todos los obreros. No era una
tarea tan fácil, implicaba mucha responsabilidad, mucho miedo. Si bien la gente
nos apoyaba, teníamos consenso, estaba fresco lo del conflicto del 70, donde
había quedado una imagen de la dirigencia sindical no muy buena. Pero también
sabíamos que si nosotros no peleamos nos echaban. Esperamos que vivieran la
gente de Indape e hicimos una asamblea con los obreros del turno mañana y tarde
en donde describimos todo lo que pasó y además les explicamos que la gente de
Buenos Aires en definitiva vive llevándose los aportes nuestros, que no tenemos
obra social, que esto pasa porque no tenemos CD, nos mandan interventores, se
llevan la plata, no nos defienden , todo un discurso con bastante consenso en la
gente. Entonces les dijimos: “compañeros, nosotros tenemos dos opciones: una,
agarrar e irnos y, la otra, pelear. Pero si optamos por pelear tiene que haber
plena conciencia, nosotros no queremos que después de un tiempo se cansen y
digan, tal como hicieron con posterioridad a las huelgas del 69/70, ¿Por qué nos
llevaron al conflicto? Tiene existir un convencimiento tal que a la lucha la
banquemos venga lo que venga”. Entonces acá tenemos que decidir entre nosotros
si vamos a pelear o si aceptamos mansamente. Por ahí saltó un tipo que era de la
burocracia y dijo: “pero bueno, yo creo que si ellos son los que mandan ustedes
se tienen que ir”. Y fueron segundos los que pasaron, pero yo sentía que el
mundo se venía abajo, o sea, ese tipo planteaba que nos fuéramos. Pero fueron
unos segundos que a mi me parecieron minutos. Pero después hubo una explosión de
griterío y la gente comenzó a maldecir al tipo. Los obreros gritaban: “Vamos a
pelear y vamos a pelear, y vamos a pelear, y vamos a pelear”, una efervescencia
impresionante. Entonces salió una cosa que a nosotros nos tonificó cualquier
cantidad. Ahí yo empiezo a ser dirigente, empiezo a hablar, yo antes tenía
vergüenza para hablar, empiezo a hablar ante los compañeros, que se yo, 1000 mil
y pico de compañeros, y ya empiezo a hablar y empezamos hablando una vez cada
uno de los compañeros, nos turnábamos para hablar y después un poco me toca
cumplir ahí de como cabeza de ese movimiento”.
El
8 de marzo comenzó la toma de la fábrica Acindar, en donde más de 2500 obreros
demandaban el levantamiento de la sanción a los miembros de la CI y delegados,
así como la inmediata convocatoria a elecciones. Al día siguiente fue ocupada
Maratón, mientras que los obreros de Metcon realizaban una huelga de brazos
caídos. En Acindar, los portones fueron cerrados y controlados por piquetes de
obreros. El personal jerárquico no pudo abandonar la fábrica y se lo retuvo en
las oficinas de relaciones industriales. Ante la posibilidad de una intervención
policial, en las calles internas se hicieron barricadas para que no circularan
vehículos, se utilizaron vagones para cruzarlos donde la distribución de las
vías lo permitían y se construyeron barricadas con tanques conteniendo solventes
preparados para prenderlos fuego en caso de ser necesario.
La
huelga se extendió rápidamente a las ciudades vecinas, se adhirieron las
fábricas Villber y Cilsa, los portuarios, los transportistas, los aceiteros, la
Asociación del Magisterio de la provincia de Santa Fe, la Asociación Bancaria y
el Centro Comercial e Industrial; llegando adhesiones de organizaciones y
sindicatos de todo el país.
Comienza así a configurarse un
frente de masas que ligaba a los obreros metalúrgicos con la pequeña burguesía
de la zona. Este frente obedecía tanto a motivaciones de tipo corporativista
(reacción de la ciudad frente al centralismo sindical y a la centralización de
los fondos sindicales en Buenos Aires. También por la necesidad de construir un
policlínico, de contar con un camping, etc.), como económicas e ideológicas: la
pequeña burguesía comercial de los barrios (mayoritariamente peronistas y
ex-obreros u obreros que incrementaban sus ingresos con un comercio minorista)
apoyó la lucha de los metalúrgicos porque su prosperidad dependía de la
situación de los obreros que eran sus clientes. Esta pequeña burguesía mantenía
estrechos lazos con el movimiento obrero o formaba parte de él. En cambio, la
pequeña burguesía comercial de la zona céntrica se solidarizó con la lucha de
los metalúrgicos por su manifiesto antiperonismo, independientemente de que
consideraran justos los reclamos de los obreros.
La
huelga culminó el 16 de marzo con la firma de un acta compromiso en la que se
dispuso normalizar la seccional en 120 días y la elección de CI y de delegados
dentro de los 45 días posteriores al acuerdo. Posteriormente se organizó una
marcha desde las fábricas hasta la plaza principal de la que participaron entre
8.000 y 12.000 personas.
Las tomas de fábrica de marzo de 1974 produjeron una acumulación cuantitativa y
un salto cualitativo en la toma de conciencia de los metalúrgicos de Villa
Constitución. La alianza burocracia-patronal evaluó incorrectamente la relación
de fuerzas existentes, subestimando la combatividad, la toma de conciencia de
clase de los metalúrgicos de Villa Constitución. La respuesta inmediata de los
trabajadores no fue solamente un eslabón más de la larga cadena de las luchas
económicas emprendidas por los obreros, no fue producto de la espontaneidad sino
que demostró que las experiencias y enseñanzas recogidas desde el fracaso de la
huelga de 1970 fueron asimiladas por los trabajadores y que este proceso se
enriqueció con el aporte de las distintas tendencias políticas de izquierda que
ejercieron relativa influencia sobre un minoritario pero importante sector del
conjunto de los trabajadores villenses, constituyendo un embrión de lucha
política. Además, este proceso no estaba aislado ni era una isla sino que se
insertaba en un marco nacional de auge de masas, en particular, con
posterioridad al Cordobazo, los Rosariazos y las Puebladas. Los fenómenos
sociales y la praxis política desarrollada a partir del 7 de marzo pusieron de
manifiesto que los trabajadores visualizaban correctamente la coyuntura y que el
enfrentamiento no se limitaba a una reacción instintiva frente a las maniobras y
las provocaciones de los interventores Fernández y Oddone. Tampoco ignoraban que
éstos no eran ni el único ni el principal enemigo y que detrás de ellos estaban
los intereses del gran capital, representado por Acindar y el sindicalismo
verticalista representado por la UOM nacional. Esta no estaba dispuesta a
permitir “insubordinaciones que fisuraban su poder y el propio aparato represivo
para encauzar el conflicto social en función del reordenamiento del sistema
capitalista, dentro de la sociedad armonizada”.
La praxis política-gremial
iniciada a partir del 7 de marzo se caracterizó por:
1- Asambleas generales y
permanentes; 2- Toma de fábrica, retención y concentración del personal
jerárquico en el subsuelo de la oficina de personal; 3- Formación de piquetes de
autodefensa, así como grupos de control de entrada y salida de la fábrica, con
responsable por piquete y por turnos; 4- Construcción de barricadas internas,
con vagones ferroviarios, tarimas, etc. que cortaban una tras otra las calles
internas de la fabrica; 5- Ubicación de tambores con solvente en lugares
específicos, con compañeros responsables en forma exclusiva de los mismos; 6-
Control del sistema eléctrico de la planta y responsable de los mismos; 7-
Control de sirena, con responsable exclusivo y manejo de códigos de toque para
llamado a asamblea por los trabajadores; 8- Prohibición a todos los obreros de
tomar bebidas alcohólicas; 9- Formación de una comisión de compañeros encargada
de contactarse con otros gremios y demás fuerzas sociales y políticas de la
ciudad y de la zona; 10- Formación de una comisión de obreros con permanencia
externa a la fábrica (local de la marrón) que garantizaba y tomaba contacto con
otras zonas del país, para informar y recibir apoyo solidario; 11- Formación de
piquetes externos de obreros movilizados para recorrer y chequear la seguridad
de las viviendas de los principales dirigentes; 12- Formación de la comisión de
solidaridad y apoyo conformado por un gran número de trabajadores.
Con el correr de los días y a
medida que se profundizaba el conflicto, las medidas adoptadas demostraron una
gran eficacia que las convirtieron en determinantes para la resolución favorable
del conflicto, obteniendo de este modo resultados que superaron ampliamente las
previsiones tanto de los trabajadores como de la alianza
burocracia-patronal-Estado, dejando profundas enseñanzas y permitiendo un
acelerado crecimiento en la toma de conciencia colectiva, no solo de los
metalúrgicos sino también del resto de los trabajadores y del conjunto de los
sectores populares de Villa Constitución y de la zona.
Las promesas de la burocracia
con respecto a la normalización no se cumplieron oportunamente, apelaron a las
consabidas medidas dilatorias. Pero los obreros metalúrgicos continuaron con su
lucha irrenunciable, recibieron el apoyo de los gremios combativos y clasistas
del país en lucha contra la burocracia y también, el inefable aporte de las
tendencias político militares. Así, en el tiempo que medió entre el Villazo y
las elecciones de noviembre se produjeron planes de lucha de los trabajadores
–quite de colaboración-; el plenario antiburocrático del 20 de abril de 1974
realizado en el club Riberas del Paraná, contando con la presencia de Agustín
Tosco, Rene Salamanca y Jorge Di Pascuale y el secuestro de Erich Breuss,
gerente de Acindar, operación realizada por el PRT-ERP, por cuyo rescate se
solicitaba las reivindicaciones que demandaban los obreros. Como confluencia de
todos estos factores y sin intentar dilucidar cual fue el determinante y si
alguno de ellos actuó como catalizador que retardó o aceleró el proceso que
condujo a las elecciones; el 1 de diciembre de 1974, los integrantes de la lista
Marrón asumían, por poco más de tres meses, la conducción de la seccional local
de la UOM.
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